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*¡¡¡BIENVENIDOS!!!*

*¡¡¡BIENVENIDOS!!!*

Hola a todos, sean bienvenidos a este nuevo blog que he decidido crear, con la esperanza de que mis escritos sean divulgados y conocidos mundialmente.


Tarah Zen G.

sábado, 18 de junio de 2016

Ángeles guardianes.

PREFACIO.
Imamiah.
 – vamos Cielo, nada va a pasar, solo es un juego – insistió Judith, era la decima vez que le decía eso a Graciela. No quería que lo hiciera y mucho que le susurraba en su conciencia que no aceptara, Cielo ya estaba por ceder, tan solo para quitarse de encima a Judith, su prima, y por la curiosidad de saber si eso era así como Judith le había dicho.
“no lo hagas, Cielo” susurre, ella me entendía, aunque no me veía, siempre estaba con ella, y ella lo sabia.
Diez años, esa edad tenía en ese entonces, pero sabía más que otras personas, sabia de la existencia de otras cosas, ya que su familia le había enseñado acerca del mundo espiritual, para que establezca una relación con Dios… aunque, los niños a esa edad, sabían, que mas de lo que ven, eran cosas reales.
 – No me comentaste que te gustaría saber acerca de este mundo – dijo Judith, ella sabia muy bien, que si caía, se llevaría a Cielo con ella, esa era su intención – es tu única oportunidad, Graciela.
Había estado tratando de convencer a Graciela desde hace dos días, diciéndole que esa era la única oportunidad que tenia para entrar en el mundo que por naturaleza le correspondía, diciéndole que ella sabia lo que hacia, pero era tan inexperta con eso, seria la primera vez que jugarían la ouija.
Cielo, Graciela, escúchame, no lo hagas, no vayas con ella” puse mi mano en su mejilla pero solo la traspaso, y Cielo cerro los ojos, como si en verdad lo hubiera sentido.
Graciela era un niña de fracciones hermosas, su cabello era de un intenso color castaño, como la madera pulida de un árbol, tenia una piel tostada por el sol, ya que desde que nació, y la vi, era blanca como la leche fresca, su piel cambio de color. Tenia unas mejillas rosadas como piel de bebe. Una cara acorazonada que le daba un aspecto tierno. En el puente de la nariz, un puñado de pecas que casi no eran visibles. Y unos ojos de un bonito color gris, un gris deslumbrante que te hipnotiza y te atrapa, una vez que miraras en sus ojos, jamás volverías a ser libre.
Se que me escucho como un hombre enamorado, pero en verdad lo soy, estoy enamorado del amor, y amo a Cielo, porque debo protegerla de todo. Ella es mi niña y solo quiero que sea feliz, que logre todos sus objetivos en la vida. Pero ahora, para esto estoy, tengo que protegerla de las malas influencias de Judith, aunque fuera de la familia Fuenmayor, no era igual a los demás integrantes, en ella había algo oscuro.
Cielo asintió levemente, pero Judith lo noto, y mi mundo se derrumbo – lo hare Jud, enséñame como – dijo Cielo con su suave voz y sus ojos casi se convierten en cascadas.
Una sonrisa maliciosa se extendió por los labios rosas de Judith. Casi dio un salto cuando tomo a Cielo del brazo, y la jalo por los pasillos de la escuela. – Solo tengo una duda – dijo Cielo siendo arrastrada – estamos en la escuela, ¿como vamos a poder jugar?
– La hora del recreo estaremos libres, las maestras se irán como siempre y dejaran los salones abiertos, Elida nos estará esperando en su salón con la tabla – yo las seguía de cerca, escuchando lo tan planeado que estaba esto.
Cielo, escúchame, escucha a tu corazón, a tu conciencia, Graciela, no hagas esto, no sabes con que te metes. No sigas más, que te vas a arrepentir” el tiempo se paso en intentar hacer reconsiderar a Cielo su idea, pero ella estaba convencida de que haría eso, si eso le proporcionaba lo que esperaba. Cielo estaba escuchando sus pensamientos, sus deseos, no a su conciencia, no a mí.
Judith le había dicho que así encontraría lo que estaba buscando y así serian iguales, Cielo solo pensaba en eso, ser iguales, ya no seria la ultima, ahora seria considerada una Fuenmayor, así seria valorada por su abuela Liliana, aunque ella las quería a todas, prefería a Judith… por lo que podía hacer.
Cielo caminaba apresurada, pero asustada, a su encuentro con las demás, sabia que era malo, pero ¿por que no le hacia caso a su conciencia? ¿Por que no le hacia caso a sus miedos?
Al tocar la puerta, le abrió Elida, su prima menor, en ese entonces tenia ocho años, era liderada por Judith al ser la mayor, Elida no tenia mente propia, no tenia sueños ni deseos propios, ella solo era un reflejo de lo que era Judith, si ella le pedía que se lanzara de un acantilado, Elida lo haría sin pensarlo dos veces.
– pasa Graciela – dijo sin pensarlo dos veces.
Graciela entro y con ella, yo. Los pupitres estaban de un lado, las ventanas cerradas y las persianas bajadas, en el medio un circulo hecho con las niñas comprendidas entre ocho y doce años, de las cuales, la mayor era Judith.
En el salón había mínimo cinco niñas, todas amigas de Judith, había espectadoras en la parte trasera del salón, las niñas que no le creían a Judith ni una sola palabra, estaban aquí para ver si eso era real.
– No sabia que el fenómeno de tu prima iba a estar aquí – dijo una de ellas.
Judith colocando la tabla maligna en medio del círculo, con una sonrisa satisfactoria, como  pensaba que ninguna niña de doce años podría manipular, pero ella la manipulaba muy bien.
– ella es la atracción principal – dijo, con una voz que hacia que hasta los ratones se estremecieran de terror.
Eso asusto a Cielo mas de lo que estaba, trate una vez más. Me incline para quedar a su altura y susurre a su oído “vete, Cielo, vete”, Cielo vacilo, pero siguió, atravesándome. Cuando note, preocupado, vi como la más pequeña, Elida me miraba, aunque no escuchaba nada de lo que decía.
– Vete – susurro la pequeña Elida solo para mi.
Salí de allí, tenia que encontrar ayuda, así buscara a Miguel, a Gabriel, a Uriel, a Rafael, o al mismísimo Dios, pero necesitaba ayuda, me castigarían por dejar a Cielo a merced de la maldad. No me quedo de otra que invocar a Amit, la cual llego como un rayo, la note llegar por su calidez.
“me llamabas” dijo cuando llego, le sonreí como pude. Amit era hermosa como un ángel, su cabello era rubio y largo, su piel brillaba y su resplandor sobresaltaba, tenia los ojos mas azules que nunca antes había visto.
“¿donde esta Dante y Kyle? Los ángeles guardianes de Judith y Elida” le pregunte.
“no lo se”
“tu lo sabes todo”
“no es así” susurro “¿que pasa? Estas preocupado”
“Judith y Elida, se llevaron Cielo. La convencieron de jugar a la ouija” la cara de Amit se torno preocupada.
“en setecientos años, ninguno de la familia Fuenmayor ha jugado a la ouija” ella lo sabia bien, pues lleva setecientos años con la familia Fuenmayor.
“Judith y Elida son la excepción”
Un alboroto llamo mi atención, ya habían comenzado, fuimos rápidamente a donde surgía el alboroto, pero llegamos tarde, cuando entramos ahí estaban, demonios de escala mayor, Idan tocaba a Cielo, que yacía inconsciente en el suelo, la había dejado sola, no era bueno para ella, la había abandonado y ella pagaba el precio de mi imprudencia.
Había pupitres suspendidos en el aire que se estrellaban contra las paredes, las niñas lloraban, Elida estaba cerca de Cielo, al lado de Idan, ella los veía, pero no los escuchaba, lloraba desesperadamente por lo que le paso a su prima. Judith estaba sentada tranquila con un dedo sobre la tabla, ella y todas las niñas tenían los ojos cerrados.
Judith tenia una especie de sonrisa y se veía muy relajada “muy bien hecho, Judith” dijo una voz de ultratumba, sabia lo que pasaba, Él la había estado manipulando y Dante no había hecho bien su trabajo, pero rápidamente me recordé que yo también había fallado.
Idan miro hacia a mi, tenia una sonrisa maliciosa en su cara, rápidamente todos esos bichos raros se empezaron a ir al vernos venir a Amit y a mi. Las caras de los demonios eran las cosas mas aterradoras que puedes ver en toda tu existencia, antes eran ángeles, con la belleza que los caracteriza, pero la maldad los habían transformados.
Sus caras eran las de monos y criaturas que existen pero no existen, eran cosas que me daba asco tan solo por intentar describirlos, sus alas no eran como en las pinturas, que eran alas demoniacas, oscuras como de murciélagos, tan solo por ser seres nocturnos, eran alas como las de Amit, las de Dante, o las mías, alas de ángeles pintadas de negro… esencia intangible oscura.
Todos los demonios se marcharon, llevándose consigo a la oscuridad y la maldad que trajeron. Judith se desmayo. Idan no se marcho hasta que hizo lo que vino a hacer o hasta que se lo permití, fui rápidamente al lado de Cielo y Elida, mi resplandor lo sorprendió y se dio a la huida como todos sus compañeros. ¡Demonios cobardes! Que huyen para no dar la pelea, que actúan a las espaldas, tramposos, embusteros, calculadores… Dante y Kyle llegaron, pero no habían estado presentes en la huida de los ángeles oscuros. Las niñas seguían llorando.
“¿Qué ha pasado?” pregunto Kyle, mirando a su alrededor, dirigiéndose rápidamente a donde estaba Elida abrazando con fuerza la cabeza de Cielo en su regazo.
“¿Dónde estaban?” le respondí a su pregunta con otra pregunta, mientras me separaba de Cielo y Elida.
Kyle toco a Elida y ella, seguida de las otras niñas abrieron los ojos. Con los ojos llenos de lágrimas Elida susurro:
– estas aquí, ángel.
Judith, en los brazos de Dante también despertó. Sorprendidas miraron a su alrededor, todo estaba como antes, las mesas arregladas, las sillas en su lugar, la tabla al lado de la recién despierta Judith, miraron desconcertadas, ellas no podían vernos, la única que podía era Elida.
Una maestra alertada por el ruido llego al encuentro de las niñas.
– ¿que pasa? – pregunto preocupada y la seguían sus compañeras. Las niñas se miraban desconcertadas. Judith, fresca después de despertar, tapo la tabla de la ouija con su bolso y sonrió.
– Nada, solo jugábamos – se excuso Judith, pero ya no había la maldad en ella que había visto hace un momento.
– pero Graciela… Graciela, se ha desmayado – mintió Elida aun llorando, ¿como pudo haber mentido, para encubrir lo que habían hecho? La maestra se acerco a Graciela y la miro, ella ya empezaba a despertar. Amit había desaparecido.
Todo estaba como si nada hubiera pasado, solo una cosa cambio… mi Cielo.

Me situé a su lado y ella empezó a despertarse lentamente, sus ojos habían dejado de ser grises, ahora estaban tan negros que parecía muerta, su tez se había vuelto pálida como lo era el día en que nació, sus labios eran de un color morado, su cabello había perdido su brillo, había dejado de ser la misma, había dejado de ser mi Cielo.
Continuara...
Tarah Zeng.

24 horas para ser feliz...

Capitulo 1.
Una bella amistad... un pequeño cambio.
Los dos niños corrían por el camino desolado que llevaba a la casa de uno de ellos, que llevaba a la casa de Ric. Rápido, rápido, más rápido, tenía que llegar a tiempo. Eran cerca de las ocho de la mañana y sabían que al despertarse, él preguntaría por Ric.
– Corre, Ric, corre, Ric – decía Mai, mientras lo seguía de cerca.
Mai era una niña hermosa, en su piel blanca se reflejaba los hermosos destellos del día recién llegado, su cabello castaño y ondeante, brillaba como el oro, sus hermosos ojos zafiros, mostraban la preocupación por su mejor amigo. Llevaba un vestido blanco, que hacia contraste en el verde del campo, se veía como un fantasma que huía de algo, en sus manos su gorro y una canasta, cuyo contenido eran sus sandalias.
Ric corría hasta más no poder, atravesaron el puente y corrían entre la paja alta y los naranjales, no podía llegar tarde. Ric era un chico apuesto, tenia solo diez años cuando eso y Mai solo ocho. La piel del niño era de un color moreno, por el alto trabajo del campo, tenía una cicatriz en su mejilla derecha por un latigazo que le proporcionaron, su cabello era más oscuro que el de Mai y menos rizado, pero tan largo que le tapaba los ojos.
– ¡Ricardo! – Se escuchaba el grito de su padre atravesar el campo – ¿¡a donde diablos te metiste niño del demonio!?
A la lejanía, entre pajas verdes se alzaba la casa de madera, un poco descuidada desde la muerte de la madre de Ric, y hoy el aniversario de su muerte, Ric había ido muy temprano a llevarle flores y Mai lo había acompañado, pero se demoraron en el camino.
Los gritos desgarraban el silencio, casi se podía llegar a pensar que romperían vidrios.
Ric se detuvo, deteniendo también a Mai – quédate aquí – le dijo a la niña que comenzaba a hiperventilar – volveré y te llevare a tu casa.
La niña asintió y vio como la figura de su amigo desaparecía en el interior de la casa, unos gritos de su padre y del hermano mayor de Ric surgieron de entre la casa. Mai dejo caer la canasta y se puso su sombrero, y se dirigió a donde proceden los gritos.
Entro para escuchar el portazo de la puerta de la habitación del hermano mayor de Ric, como siempre ignorando el problema. El padre de Ric, el señor León, se veía enojado, era un viejo gordo cuyo cabello se le había caído en el cogote y se pintaba sus pelos de un gris  cano, aunque seguía teniendo algo de negro.
El señor León tenía a Ric del brazo – ¿¡donde diablos andabas!? Sabes muy bien que no tiene permiso de salir antes de que sean las diez y hayas terminado todas tus tareas.
Por alguna extraña razón, el padre de Ric siempre que se dirigía a sus hijos eran gritando, eso enojaba a Mai.
– Estaba en el cementerio – la voz de Ric sonó ronca y rota, casi lloraba – hoy es el aniversario de la muerte de mamá. Estaba con Mai llevándole flores.
La expresión del señor León cambio a una de un pervertido y psicópata – así que estabas con la ricura de tu noviecita...
– no te expreses así de ella... Mai no es mi novia, es mi amiga...
El señor León enojado, golpeo a Ric en el moflete, dejándolo rojo e hinchado, Mai no podía quedarse así, y de un momento a otro dejo de ser una sombra y un fantasma pintado en la pared, el señor León empezó a pegarle con las manos por las piernas y el trasero, Ric chillaba.
– ¡déjele en paz! – grito Mai mientras trataba de hacer que le dejara.
El viejo la miro y se quito a la niña de encima, empujándola y haciéndola caer en el duro suelo, Mai hizo una mueca de dolor – ¿por que le pegas? – dijo Ric a su lado y ayudándola a pararse, pero el viejo lo tira a él también y toma a Mai del brazo.
– tu también necesitas un buen escarmiento...
Empieza a darle de nalgadas a la niña que chilla – ¡déjala! ¡Suéltala! – gritaba Ric, se levanto y tomo una de las tablas flojas de la mesa a su lado, le dio con todo lo que fue capaz a su padre en el espacio calvo de su cabeza. El viejo padre de Ric callo inconsciente en el suelo, sobre Mai.
– ¡quítalo de encima! ¡Me aplasta! – chillaba la niña.
Ric la ayudo a salir y con una incontrovertible mezcla de furia, asombro y miedo dijo – he matado a mi padre. ¡Joel mate a papá!
Joel, su hermano mayor grito desde su habitación, enojado o exasperado de tanto ruido y los malos tratos – ¡entiérralo en el patio!
– vete a tu casa Mai. Tu madre debe de estar preocupada.
La niña negó rotundamente – no me iré sin ti.
– vete.
– no.
Ric negó con la cabeza – he matado a mi padre ¿no lo entiendes?
Mai se cruzo de brazos y se sentó en el suelo – revísalo y me llevas a casa... seguro no esta muerto.
Ric asintió y se acerco a su padre, no se veía para nada bien, tenía sangre en el cogote y se le veía un hematoma muy grande, su boca estaba abierta y fluía saliva fuera de ella. De repente le vuelve la conciencia y toma a Ric por el brazo, grita alertando a Mai, quien a su vez grita – suéltalo.
La niña se lanza sobre el hombre aun en el suelo y le muerde el brazo lleno de vellos, Mai sentía asco de su brazo, pero tenia que salvar a Ric, el viejo exclama un ¡Auch! Y suelta a Ric para sobarse la mordida de la niña que le quedo rosa.
Mai y Ric sale por la puerta alejándose de los gritos del viejo que llamaba a su hijo – ¡Ricardo! ¡Vuelve aquí pequeño engendro...!
Su voz fue tragada por la lejanía...

Tres años después...
Ric y Mai fueron los mejores amigos desde que nacieron, sus madres habían sido amigas y esa amistad se les fue transmitida a ellos, pasaban cada segundo de su vida juntos, iban al colegio juntos, Ric llevaba dos años sobre Mai, siempre se duchaban en las tardes calurosas al las orillas de aquel rio tan fresco y hermoso del pequeño pueblo sin nombre.
Eso fue así, hasta la llegada de América. Ella se entrometió en la relación de amistad entre Ric y Mai, separándolos cada vez, hasta que un día, Ric y Mai casi ni se encontraban. Con los trece años de Ric recién cumplido, América se convirtió en su novia, y Mai solo era una simple niña que era su amiga.
– mamá, Ric no va a venir – decía Mai resignada y con parsimonia, Ric se había demorado ya mas de media hora – ha de estar con América.
Era el día del cumpleaños numero once de Mai, cada año, su familia, que estaba integrada por su padre Andrés, su madre Margarita, su mejor amigo Ric, que era como su hermano mayor, y la pequeña Eleonor, compartían tarta de chocolate y fresa a la hora del almuerzo, era como una tradición familiar, y este era el único año en que Ric no llegaba a tiempo.
Su padre le presto atención especial a su hija, dejo su libro a un lado, y sus lentes sobre este, era un señor mayor, tenia mas cincuenta años, su pelo se pintaba de un gris, pero se apreciaba el mismo color un poco opaco del que Mai poseía. El señor Castro siempre decía que Mai era un milagro, ya que nació cuando el tenia poco mas de cuarenta años, y pensaba que los hijos no eran para el.
Le acaricio el pelo castaño dorado de su hija – seguro vendrá pronto, sabes muy bien como su padre se porta con el, y aun así, nunca ha faltado a ninguna de tus fiestas...
Mai hacia un puchero, como respuesta a las sonrisas despreocupadas de las tres personas presentes – no estoy dispuesta a seguir esperándole...
Su madre bajo la mirada y con una sonrisa triste le responde – entonces... ahora cantemos la canción y comamos pastel – da una sonrisa fingida y observa a todos, que trataban de subirle el animo a la niña cumpleañera.
– ¡no quiero que canten! – replica Mai con lagrimas en los ojos, ocasionando así, que sus luminoso ojos zafiros se vieran mas brillantes y mas grandes. Baja la mirada y una lagrima se desliza por su suave y aterciopelada mejilla – corten el pastel – dijo con mas calma – no habrá canción este año...
La señora Castro corta la tarde de fresa que se encontraba en frente de Mai, quitándole las once velitas que lo acompañaban ese año, la frase “Feliz Cumpleaños, Maily” había sido borrada por la misma mientras se comía el merengue al esperar durante tanto tiempo.
Mai se queda vacía, mirando sin expresión alguna la pequeña tarta de chocolate al lado de la grande, era especial para Ric, ya que el odiaba la fresa...
Eleonor abraza a Mai, y recalca su cabeza en su pecho, tratando de consolarla – Ric llegara, eres su mejor amiga, y aunque ya se tarde, es mejor tarde que nunca, ¿no crees?
La mira a los ojos, Ric le había fallado mucho a Mai desde que estaba con América, y ya no quería seguir con eso – llegar tarde es como no haber llegado...
Se levanta y se va... Mai triste salió de su casa, monto su bicicleta y pedaleo hasta perderse en el camino que llevaba a las granjas y posteriormente al rio, trato de aguantar las lagrimas que se formaban en sus ojos, y lo hizo, con una fortaleza que ella misma no sabia que tenia.
Media hora de Después, un alto y apuesto chico de trece años corría muy desesperado, entre casas y calles, llegaba tarde, llegaba tarde, se repetía en su mente, como pudo olvidar el cumpleaños de su mejor amiga. La guitarra en su espalda le estorbaba para correr, pero tenía que llevarla por las buenas...
Solo dos horas antes, Ric ya había terminado sus tareas en la casa, como eran las reglas, tendría dos horas hasta que le tocaba volver al trabajo del campo, dos horas que aprovecharía con su hermosa novia en el parque, pero, por un extraño presentimiento, pensaba que se le estaba olvidando algo, algo muy importante.
No le dio mas importancia y siguió caminando lentamente, una vez en el parque, observo, buscando entre las pocas personas que estaban hay, a la que le interesaba, Después de un rato, observo a lo lejos la figura andante de una rubia de tez blanca.
– Ric – chillo esta a su vez emocionada, corrió hacia el, lanzándose a sus brazos y plantándole un beso en los labios – tenia tantas ganas de verte.
Todos los días, desde hace poco mas de un año, Ric se reunía con América en el parque después de que se hicieron amigos, esa relación fue creciendo hasta convertirse en un puro e inocente noviazgo infantil, pero esa relación, alejo a Ric de Mai, y también a su recuerdo.
– yo quería verte también...
Lo dijo con una voz lejana, como si estuviera sumido en sus pensamientos, vi los ojos de América y los vio azules...
– Te traje esto – le tendió un papel muy bien doblado... nunca le había dicho a América sus ganas de llegar a ser un poeta, esto era lo primero que le ensañaba a su novia de su sueño, era una manera de decirle lo que quería, y quería decirle gracias.
Ella con la mirada perdida lo tomo de sus manos y leyó el poema en voz baja, cuando termino, se rio, lo que hizo que Ric se desalentara mucho – que pasa – pregunto Ric.
Ella lo miro con una expresión de que era obvio d que se reía, y releyó el poema en voz alta...
Tus ojos zafiros
Labraron mi destino
Tu boca tan rosa
Me pareció preciosa
Tu alma tan pura
Esta llena de dulzura
Me has acompañado
Has caminado conmigo
Por eso te amo
Porque eras algo más que mi amiga...

A Ric le parecía perfecto, no comprendía porque se reía de él y de su poema, ella siguió riendo por un momento al ver la expresión perdida y confusa en la cara de Ric – mis ojos no son zafiros, son grises – explico con una sonrisa amable – estabas pensando en Maily, ¿verdad? – Ric frunció el ceño, pero también estaba apenado – Maily si, tiene ojos zafiros... y muy bonitos por cierto.
Le entrego el papel a Ric tal cual como el lo había hecho, paso de largo y se sentó en una banca a la sombra de un gran árbol de roble, ese parque, era una preciosidad ecologista, uno de muchos de lo que había hay, cuando se vive en los suburbios de un pequeño pueblo, los habitantes conviven mucho con el ambiente y la naturaleza.
América cerro los ojos, sintiendo la briza a través de su cabello, se veía hermosa – ¿quieres tomar conmigo un helado? – le pregunto Ric que se posiciono frente a ella, al abrir los ojos, noto que era bañado por los rayos del sol y se veía como una estrella parpadeando en el cielo, ella asintió lentamente.
Casi una hora y media después, Ric seguía en el parque, riendo escandalosamente junto a la rubia de América, entonces nota una pequeña figura que se acercaba, que era nada mas y nada menos que la pequeña Eleonor Rosales, caminaba cabizbaja y se veía muy triste.
Eleonor era una niña como muchas de la familia Rosales, con solo siete años de edad, era la más pequeña de trece hermanas y de cinco hermanos, por lo que era muy consentida, aunque sus padres no le prestaban mucha atención, tenía muy buenos modales, y a veces, solo a veces, osaba a comportarse como un animal salvaje.
La pequeña tenia el pelo rojo como el fuego, la piel amarilla y calidad como la arena de la playa, y la cara llena de pecas que se situaban principalmente en el puente de la nariz, y que la hacia ver mas bonita de lo que ya era.
Pero la tristeza no le quedaba bien – ¡Hey! ¡Ellie! – le grita Ric para llamar su atención, la niña busca con la mirada el lugar de procedencia de la voz, cuando ve a Ric, su mirada se vuelve algo mas asesina y fría, se dirige rápidamente a donde esta el, tan furiosa que llegaría a destrozar un coche si tenia la oportunidad.
América abrió la boca para saludarla cordialmente como lo hacia siempre que la veía, pero no pudo mencionar palabra alguna.
– ¿así que estabas con esa greñuda? – explota, Ric no sabe que le pasa, usualmente Eleonor era muy amable con América, todo lo contrario a Mai.
Frunce el ceño – ¿que te pasa?
– ¿que, que me pasa? ¿Que, que me pasa? – Pregunta una y otra vez, lo señalo con su pequeño dedo índice, aunque Ric era alto para tener trece, no lograba sentirse intimidada – tu faltaste a la fiesta de Mai... hoy ha cumplido once años... ¡y tu! Estabas con... ella – la miro con odio – Mai te estuvo esperando hasta ahora.
Ric se levanto corriendo hasta mas no poder al escuchar a la niña... eso era lo que se le había olvidado, el cumpleaños de Mai... ¿como pudo olvidarlo?
El último grito de Ellie resonó como eco en su cabeza – ¡ella ya se ha marchado!
Corrió hasta llegar a su casa, no podía ir a la morada de la familia Castro sin un regalo para su amiga, seria un regalo sencillo, pero sabia que seguro le encantaría a Mai, entro en la casa agotado y jadeando, y escucho los ronquidos de su padre como cada fin de semana, estaba tomando su siesta después de unos tragos, entro sin hacer ruido para luego salir de igual manera.
Sabia que, como cada vez que su padre se dormía, su hermano Joel no estaría en casa, nunca estaba de todos modos.
Entro en su habitación, que hizo el clásico y usual ruido al que se había acostumbrado desde hace mucho, ese ruido alerto a dos personas que se encontraban besándose apasionadamente en la cama de su hermano.
Y en efecto, Joel se encontraba hay con una pequeña mujerzuela de pelo negro – ¡estúpido engendro! ¿¡Que rayos haces aquí!?
Ric se sonrojo mucho y bajo la cabeza apenado, lo peor que le podía haber pasado, era encontrar a su hermano en pleno acto – ¡bajare en un momento!
Ric busco entre sus cosas la guitarra que hace un par de años, le había regalado la familia Castro, era un obsequio de los familiares de Mai, por ser como un hijo para ellos, y por estar siempre con la pequeña y cuidarla con tanto cariño, pero últimamente había fallado, no se merecía esa guitarra.
Pero fue lo primero que se le ocurrió…
Recordó también aquel collar tan bonito que los unía, el collar de amigos que el mismo le regalo hace un par de años… su collar, tenia una M de colgante, la eme de Maily… lo busco entre sus cosas, y no lo encontraba, desde que América le menciono que era algo ridículo y absurdo llevar la letra inicial de esa niña, que parecía que estaba enamorado de ella, se lo quito, y decidió guardarlo, pero sabia que Mai seguía llevando la suya.
Lo encontró y miro la eme con una sonrisa de satisfacción en su rostro, se lo coloco como pudo, pero una voz enojada le recordó que no estaba solo – ¿¡te vas o te vas!?
La pequeña mujerzuela soltó una risita por la impaciencia de Joel – ¡ya me voy! – grito Ric.
Salió de hay sin levantar la vista y se encamino a paso rápido hacia la casa de Mai, pero se percato, que si le iba a cantar una canción, ¿Cuál seria? No tenia una letra en especial para Mai, así que se detuvo, se encontraba a punto de cruzar el puente… recordó todas las veces que cruzo con Mai por hay… que dividía, el pequeño pueblo con las granjas y los campos de maizales, trigales, ajonjolíes, entre otros y muchos, así mismo con el bosque.
Los recuerdos parecían tan lejanos…
Se sentó a la sombra de un árbol cercano, tocando los acordes de la guitarra, no tenia idea de que tocar, pero enseguida consiguió una melodía que lo dejo satisfecho, solo faltaba la letra, pero para eso, Mai seria su musa…
Trato una vez.
Desde que tu estas aquí…
Desde que llegaste a mí…

No le gusto, era hermoso, pero no rimaba con la melodía, y trato otra vez…

Eres un ángel,
Que me trajo bondad…

Le gusto, pero no sabia que mas decirle a su amiga.

Se levanto y de su ropa cayo un papel doblado que le llamo la atención, con curiosidad lo levanto del suelo, recordando que era el poema para América, lo releyó, y volvió a sentarse en el pie del árbol, toco la música con la letra y le pareció perfecta.

Corrió en busca de Mai, directamente a la casa de los Castro, aunque Eleonor le había anunciado… mejor dicho, le había gritado que Mai no estaba en su casa.
Continuara...
Tarah Zeng.

Pieles de serpientes.

CAPITULO 1.
      La vida de varias personas pueden ser larga, otras corta, no duran mucho aunque quieran vivir, no se que tiene conmigo la muerte, ella me desprecia, tampoco me quiere.
      Vivo y estudio en la ciudad de Caracas, quizás hayan oído hablar de ella ya, es una ciudad muy concurrida, probablemente Caracas sea una ciudad como otras, tenia un centro comercial, muchos centros comerciales, puentes que atravesaban grandes calles o ríos, avenidas repletas de autos en trafico, tiendas de ropa, restaurantes, parques, plazas, talleres, escuelas publicas y privadas, urbanizaciones como Altamira, Chacao, llenos de personas ricas con grandes casas, muy caras, tipo mansión, tenia barrios también como... Petare, con personas que trabajaban en cosas no tan honorables para mantener a sus familias, lo se, porque he estado en Petare en mas de una ocasión y no pienso dejar de seguir visitándolo, a veces me siento como ellos, me meto en sus pieles y puedo sentir sus necesidades y sus tristezas.
      Caracas estaba cerca de La Guaira, que seria un buen sitio para un traficante de drogas, tenia montañas, un lago, ríos, y la playa, decorada con grandes palmeras que se extendían por toda la costa, había ido en dos o tres ocasiones a esa playa, con mis padres y a veces con Marcelina.
      En el instituto “Las Buenas Raíces Mauro Suarez” que estaba ubicado al lado este de la ciudad, del lado de los millonarios, de las personas con dinero, el lado al que pertenecía, pero que quería escapar. En el instituto privado, era un lugar para principios estudiantiles y personales, pero dudaba de que la mayoría de los alumnos los pusiera en práctica.
HOY, ANTES DE MI DESICION...
      Estábamos precisamente llegando al instituto, cuando una ola de admiradores de Marcelina nos detuvieron, aunque estábamos en abril y el día de san Valentín había pasado, los chicos seguían haciéndole regalos a Marcelina como si aun fuera febrero, y ahora que ella estaba soltera, todos querían tener el honor de ser el novio de una de las chicas mas populares de todo el instituto y de Altamira.
      ¿Miran a esa rubia candente que va caminando hay, la que tiene la mini falda, el mejor uniforme, miles de chicos babeando tras su caminar, la rubia de cabellos largos y lisos, piel perfecta, lisa, sana y suave de color mas pálida que la porcelana pulida, que copitos de nieve que caen de las nubes en los Alpes andinos, piernas largas y esbeltas, pechos enormes y cintura de avispa, ojos de color verde oliva, sonrisa de diamantes, cara perfilada, una nariz pequeña y redondita, mejillas mas rosadas que la de un bebe y manicure de dos días? Pues esa, esa no soy yo... en cambio ¿ven a la chica bajita, delgada sin pechos y piernas totalmente estropeadas, con un uniforme de marca simplemente porque sus padres son ricos y se lo compraron aunque no haya dado su consentimiento, la que lleva pantalón largo y flojo, porque teme que alguien mire sus piernas y se espante, la que lleva el cabello recogido en una coleta alta que le queda floja, cabello negro y ojos negros mas que la noche misma, la que lleva guantes porque sufrió la ultima alergia mas grande a las avispas que ha tenido toda su vida? ¿Precisamente, la que esta detrás de la rubia hermosa, detrás de su sombra y detrás de la pila de admiradores de su amiga? Esa, esa soy yo, antes del cambio, antes de cortar o en un buen termino, mutilar mi cabello.
      Como no quiero aburrirlos con mi vida cotidiana, mejor contare las partes más emocionantes de mi vida, aunque, creo que no son muchas. Pero tengo secretos, que seguro les gustaran.
      – Hablare con todos en algún momento chicos, ahora debo entrar en mi clase de… economía – les dijo Marcelina, su actual escusa para librarse de ellos… es una pésima mentirosa, ni siquiera hay clases de economía en Las Buenas Raíces… Como ya debes de saber, debes de haberte dado cuenta, Marcelina es la rubia preciosa y la rubia preciosa es Marcelina, y ya te diste cuenta de que, aunque sea solo un poco, la envidio, ¿cierto?
      Yo me aleje de ellos, el descontrol no era lo mío, y ver como un monto de cabezas huecas acosaban a Marcelina diciéndole mentiras crueles y viles para que ella los aceptara, me sacaba de mis casillas, eso era descontrol descomunal, aunque a veces, solo a veces yo también era parte del descontrol.
      Me senté alejada de ellos en uno de los limpios bancos de las entradas del instituto, pero estaba lo suficientemente cerca para escuchar las mentiras surgidas de la perfecta y deseable boca de Marcelina y también las cochinas y sucias mentiras de parte de los fulanos caballeros de Las Buenas Raíces. Desde lejos escuchaba el cuchicheo mientras me fijaba excesivamente concentrada en resolver las respuestas de la tarea de matemáticas que aun no nos pasaban... elimina eso,  yo estaba como alguien fingiendo estar concentrada en la tarea.
      Los chicos, que eran tres, rodeaban a Marcelina, dándole obsequios y ella les decía un “gracias” en respuesta. Le habían dado una rosa roja – gracias, Jos... – no había terminado de decir su nombre cuando le toco decir otro gracias.
      Subí la mirada cuando los cuchicheos se calmaron y vi a Marcelina venir directo hacia mi, subí la cabeza para verla directamente era cierto que tenia uno de los tumbaos mas excitantes de toda Caracas, por eso los chicos la deseaban.
      Volví a fijar la vista en mi cuaderno, que estaba en blanco y lo cerré antes de que llegara, sin verla dije – ¿otros chocolates?
      Ella se sentó a mi izquierda y cruzo las piernas. Levante la mirada nuevamente para verla responder, ella se aliso una arruga que se formaba en la chaqueta de su camisa – será que piensan que como solo chocolates, son deliciosos, pero... ¿sabes cuentas calorías contienen? engordare y así no le gustare a nadie.
      No era cierto.
      Un comentario típico de diva caraqueña.
      Me dio los chocolates. Destape la caja y me metí un bombón a la boca, tenia mantequilla de maní, mi favorita. Ella observaba una caja que le había dado uno de ellos.
      – ¡Cielos! – sus ojos se abrieron con sorpresa, mientras yo masticaba uno mas de los chocolates. Vi a su mano, y una fina cadena de oro con incrustaciones de diamantes, estaba incrustada en una cajita color lila – jamás pensé que alguno de ellos hiciera un regalo como estos, ¡vale mas de cien mil euros!
      Y yo jamás pensé que ella se sorprendiera con un regalo como ese, tengo cientos de cadenas iguales a esa o mucho más caras. Y yo, otra vez olvide que ella era una nueva rica, recuerdo que sus padres sacaron fortuna hace cuatro o cincos años, y desde eso se mudaron al sector de Altamira, pero tampoco era que fueran una de las personas mas pobres de Caracas o de toda América, los abuelos de Marce tenían dinero y la mandaban a una escuela privada, nos conocemos desde hace muchos años y siempre hemos sido amigas.
      – No sabes nada de euros – dije, pero ella no me escucho. Cuando ella termino su admiración a su cadenita de oro, me atreví a decirle – entonces, deberías quedarte con Carlos, ¿eh?
      Ella hizo una mueca, y frunció el ceño – pero fue Eugenio que me dio este regalo.
      Asentí lentamente mientras saboreaba otro chocolate en mi boca, tomaba otro, le daba vuelva en mis manos tapadas por los guantes y me tomaba mi tiempo para responder – si, ¿pero que hay de malo con Carlos? No esta mas una relación llena de bombones – terminando de decir eso, deje de jugar con el chocolate en mi mano y lo metí en mi boca, saboreándolo significativamente.
      Y Marcelina rodaba los ojos – una relación llena de bombones, es igual a una gorda sentimental – dijo con desdén.
      Señale a mi reloj de plata en mi muñeca izquierda, que prácticamente era una serpiente enrollada alrededor de mi muñeca – clase de economía señorita Marcelina Fajardo, ¿no iba usted a llegar tarde?
      Ella bufo y la mire con una sonrisa. En ese instante llegaba el ruidoso Ferrari de Matilda Montana, la chica mas popular de todo el instituto, esta ella a la cabeza, Marcelina la sigue, luego su amiga Laura Casas y la odiosa de Sasha Malval, que le hace honor a su apellido.
     El chofer bajo del auto, que al estacionar dejo marcas en el estacionamiento, para abrirle la puerta a su majestad la gran reina. Matilda bajo del choque con una falda tan corta como la de Marce, su chaqueta no tenia ni una sola arruga y su cabello estaba recogido en una coleta que la hacia parecer mas que espectacular, tenia una piel rosadas sin manchas ni lunares, con una pinta de ser muy suave, el fleco de su cabello que caía sobre sus ojos de color marrón, era de un color exótico parecido al naranja… el color de una naranja marchita. Es verdad que Matilda no es la más delgada del colegio, no tiene una cintura tan chica como la de Marcelina, pero aun así es bella. Esta le dio al chofer unas indicaciones que pronto desapareció en el interior del auto, que dejo el estacionamiento minutos después.
      Matilda Montana sonreía a nuestra dirección y se dirigía hacia allí, yo sabia que a mi no veía, que a mi no me sonreía, solo cruce un par de palabras con ella desde que la conozco, nos habíamos dicho, quizás hola y adiós, pero no era siempre, Matilda no se baja de su pedestal para hablar con personas mas bajas que ella, y no me refiero a estatura.
      Marcelina se levanto y esa era la señal de que yo también, se dirigió prácticamente corriendo al recibimiento de Matilda, que al llegar ambas se dieron un beso en cada mejilla, tal como hacían los franceses, mientras yo recogía mi cuaderno, y cerraba por fin la caja con unos cuantos bombones que quedaban.
      Matilda es perfecta. Nunca pensé que existiera una persona así. Es bella, inteligente, y la mejor y mas popular alumna de la clase. Casi temí de qué Marcelina se fuera con ella y me dejara sola, para volver a mi mundo de soledad encerrada. Podía dejarme sola, podía irse, de todos modos ambas pertenecían al mismo bando, eran bellas, populares, en cambio yo, yo era una chica en la sombra de todas ellas y sus amigas, una chica que jamás llama, ni llamara la atención.
      ¿Por que yo estaba con Marcelina? Ella se había vuelto popular desde que empezó a tener belleza y dinero ¿acaso no me ha dejado aun por que piensa que soy su responsabilidad? La podre niñita que fue su amiga desde siempre y que ya no tiene otra persona con quien hablar.
      Llegue hasta donde ellas hablaban sin cesar de moda y no se cuantas cosas mas, Matilda me miro de reojo y dijo – ah, hola... mmm... Mía.
      ¿Mía? ¡Si! ¡Que nombre tan original! Mía esto, Mía lo otro, Mía, Mía, Mía, entonces ¿de quien soy en realidad, si todos me llaman Mía?
      – Hola – respondí de mala gana.
      Ella fijo la vista en Marcelina y dijo – Marce, las elecciones para presidente serán antes de junio. Pero no importa estamos en abril.
      Marcelina rio de su chiste sin gracia y también yo, aunque solo entre dientes y fue una sonrisa sarcástica.
      Ese tonto concurso de popularidad había sido ganado por Matilda por los tres últimos años, no entiendo para que lo hacían, si siempre ganaba ella, ya sabíamos que era la mas linda, la mas inteligente y popular, la mas influyente de los alumnos, no había porque restregárselo a la cara a todas las persona cada vez, a nadie se le olvidaría la linda y comunitaria Matilda.
      Matilda y Marcelina se despidieron como se habían saludado, con un beso en cada mejilla. Por suerte Marce no me dejo sola. Tan solo faltaba. ¿Mencione que soy muy celosa con mi mejor amiga?
      Marce tenia una gran sonrisa en su cara despidiéndose de la gran anfitriona y reina de este instituto, los chicos son unos idiotas, tampoco es que estuviera interesada en uno de esos patanes, pero todos babeaban por Mattie, Matilda Montana.
      Una vez que ella estuvo fuera de nuestro campo de visión, Marce se volteo y me miro fijamente, su expresión cambio a una mas vacía, había notado mis guantes, aunque no eran novedad. Mis guantes tampoco eran de esos que usaban en los hospitales, o lo que se ponía Wendy para fregar la vajilla, eran modernos, bonitos, caros, eso si, mis padres siempre me compraban cosas caras, aunque no fuera necesario.
      Marce me miro como cachorrito – ¡oh nena! Otra vez. Nunca se te va a curar.
      Ok, mentí. Lo que tengo no es alergias por las picaduras de abejas, ni nada por el estilo, no nací con lo que tengo pero jamás, jamás se me va a quitar.
      Marcelina retiro mi guante, y observó mis ronchas y ulceraciones rosa-blancas, hinchadas, picaban y me dolían. Retire mi mano asiéndola creer que me dolía, y en verdad, lo hacia – lo siento – dijo.
      – No se cura. Marcelina, no tiene cura.
      Le quite mi guante de su mano, pero antes de volver a ponérmelo paso Sasha y su amiga Johana. Sasha Malval susurra – pieles de serpiente – y su amiga rompe en carcajadas. Ya la broma de Malval quedaba grande. Después de escuchar algo tantas veces te aburres de ello, pero Sasha no es así, ella hace una broma y para ella siempre tiene gracia.
      Es una chica morena, alta, sus cabellos tienen pinta de ser rizados, pero quizás jamás lo descubriré, Sasha siempre tiene el pelo liso, planchado para ser precisa. Sus faldas son tan indecorosas que debe de haber una pulgada del final de su falta, para llegar al inicio de su ropa interior. No tenía una buena fama, pues es una de las chicas más populares, pero a mis oídos llegaron chismes de las lenguas largas que se había acostado con más de la mitad de “Las Buenas Raíces. Mauro Suarez”
      En los labios de Marce salió una sonrisa, una mínima pero fue una sonrisa. La fulmine con la mirada porque sabia de que se reía, ella había dicho... ella prácticamente fue la que inicio el apodo de pieles de serpiente, a mi piel cuando la comparo, en clases de biología, Sasha había escuchado y se lo tomo como su broma personal.
      Que te digan pieles de serpiente durante toda tu vida no es nada agradable.
      – no es para tanto, Mía – negó con la cabeza y de su tono de voz sonó un poco de tono monótono.
      Explote – ¡no es para tanto! – Casi grite – Marce, me llamaran así durante toda mi vida. No es mi culpa tener esta enfermedad, a no tengo a quien echarle la cul...
      La culpa, no tenia a quien culpar. ¿Genética?, era imposible saber si era genética… bueno no imposible, pero no tenia a nadie. No sabía nada.
      Tomo mis manos y empezó a besar mis ronchas, mis ulceraciones, con todas sus imperfecciones – lo siento. Lo siento. Lo siento – sellaba cada lo siento con un beso en el dorso y el revés de mi mano.
      No podía perdonarla. Así simplemente. Aunque no se si eso fue una risa verdadera. No sabía nada. Ella sabia lo delicado era el tema de mi piel. Jamás sanaría. Jamás lo olvidaría. Sin mirarla supe que volvía a tener los ojos de cachorrito, solo dije entre dientes – vamos. O si no llegaremos tarde a clases.
      Mi voz sonó vacía, no había sentimientos en ella. Estaba tan acostumbrada a usar esa expresión. Deje a Marcelina, me fui caminando rumbo al salón de clases, Marce se quedo ahí, sola, de pie, mientras todo el mundo se movía a su alrededor.
EN CLASE.
      ¿Ven? Dije que mi vida es aburrida, soy una persona ordinaria en la vida ordinaria, con problemas ordinarios, pues aunque no tan ordinarios, la mayoría de las chicas no sufren este tipo de problemas, algo de acné, pero nada como lo mío, el acné puede sanar, lo mío no.
      Soy una persona simple, que se altera fácilmente y convierte el más mínimo problemita en algo grande. Le doy demasiada importancia a todo.
       Estoy acostumbra a quedarme en el rincón y no tratar de llamar la atención. Eso hacia cada día de mi vida en el instituto, sentarme en el final de la fila, en el ultimo rincón del salón de clases, así la señorita Mirian no se fijaría en mi para hacerme alguna tonta pregunta de biología, odiaba la biología.
      Odiaba que me preguntaran cosas a las que no les prestaba atención, pero lo hacían, me preguntaban.
      – García – dijo la señora Mirian Toledo, después de haber estado preguntando al azar, y al ver que yo no participaba, como usualmente, me nombro a mí por encima de un montón de manos alzadas – ¿Sabes la respuesta?
      Mi atención fue a ella, ignorando las miradas de todos mis compañeros – ¿Podría repetir la pregunta?
      Todos en el salón de clase rompieron en carcajadas. Rodé los ojos, no tenia que mirar para saber quien se estaba riendo, todos, excepto Mattie, Matilda Montana era la mas respetuosa de todos mis compañeros, ella se había ganado la mejor reputación por eso, aunque quisiera, ella respetaba las condiciones de los demás, pero eso no significaba que fuera una fanfarrona.
      Hasta Marcelina se estaba riendo, solo un poco, y trataba de disimularlo, hipócrita.
      La profesora Toledo me odia, a veces pienso que tiene problemas personales conmigo, pero como dije antes, soy demasiado exagerada, aunque nadie me vea y me preste atención, siempre pienso que soy el centro de los chismes.
      – Montana – dijo rotundamente la profesora sin responder a mi pregunta y pasando su mirada sobre el rostro de Matilda y su mano alzada con uñas barnizadas.
      Mattie bajo su mano, acomodo su cabello y dijo – Un genotipo, es un conjunto de genes característicos, que posee un individuo en forma de ADN...
      No le preste atención al resto, a veces, parecía que era Mattie la que daba la clase, por lo menos, la atención hacia mi disminuyo. Ya nadie me veía, ya nadie se reía.
      Volvía a ser invisible...
      Cada vez que la gente me veía, cada vez que una nueva persona me conocía, lo primero que preguntaban, incluso antes que el típico Hola, al inicio de las conversaciones, era ¿que eso de tu piel? Lo pronunciaban con asco, con un ceño fruncido, no se atrevían a darme la mano, ni siquiera cuando yo les decía que no era contagioso, pensaban que mentía, siempre eran precavidos, muchas de las personas a las que conocí, no las volví a ver mas nunca.
      Pieles de serpiente...
      A veces pensaba en eso, aunque trataba de no hacerlo... el apodo de pieles de serpiente comenzó hace tres años, cuando estudiaba segundo año de bachillerato, fue en biología, justo la clase que odio, mejor dicho, odio esta clase, por culpa de ese incidente.
      Estábamos en el laboratorio de biología, Marcelina y yo en equipo, la clase consistía en abrirle la panza a una lagartija, sapo o serpiente, para ver sus órganos y diferenciarlos, nosotras, teníamos una serpiente, Marce se había quedado prendada de sus pieles, antes comenzó a ver mis manos sin guantes.
      Malval estaba en la sala, aunque era de una clase diferente, estaba practicando con Mattie de algo a lo que no le preste atención, en realidad, no supe que Malval estaba en el laboratorio hasta que escuche su voz.
      La profesora había salido a no se que con otro de los profesores de Biología, lo que mas intrigaba a los alumnos, es que el profesor era sumamente joven, las chicas morían con solo verlo, y según rumores de escuela, la profesora, en ese entonces una que se llamaba Edith, se entendía muy bien con Juan, ese era el nombre del profesor.
      De un momento a otro, mientras trataba de hacer un resumen de lo que íbamos a hacer con la serpiente, Marce pronuncia – mira la piel de la serpiente... se parece a la tuya, Mía.
      Imprudente, me pareció, hablo tan fuerte que creo que los alumnos de la clase de al lado escucharon.
      Todos voltearon a verla, nadie dijo nada, había un silencio incomodo en la sala, hasta que ese silencio fue roto por la voz que se carcajeaba de Sasha, todos la siguieron, jamás me sentí tan humillada, pero eso no termina aquí.
      Sasha se acerco a mi – tiene razón, Pieles de serpiente – tomo mi mano, la alzo y bajo la manga de la bata blanca de laboratorio. La observo – pero es áspera y escamosa, las pieles de las serpientes no son así, son mas suaves – las risas volvieron, soltó mi brazo y miro su mano, en su cara apareció una mueca de asco, sabia que mi cara estaba mas roja que un tomate y que seguro no era solo por vergüenza, también por ira – ¡Que asco! ¡Me has dejado tus escamas!

      Se habían preguntado ¿por que odio a Sasha? O ¿por que odio las clases de biología? Ahora lo saben.
Continuara...

Tarah Zeng.

domingo, 2 de agosto de 2015

Cementerio de muñecas.

Hola, este es un cuento que escribi en una fria noche en el cual no pude consiliar el sueño, al parecer pequeños espectros rondaban en mi habitacion y fueron mis musas para crear este lugar lleno de miedos y misterios. Disfruten, Cementerio de muñecas.

*-*-*-*-*-*-*-*-*-*
 CAPITULO UNICO.
DE LA MADRUGADA FRIA Y SINIESTRA, DE LAS MUÑECAS MUERTAS Y DEL CEMENTERIO AL QUE VIAJARON LOS NIÑOS.

Frías caras sin expresiones que solo indican que no tienen vida; ojos fueras de las cuencas y torcidos como si trataran de ver mas allá de lo que tu puedes ver; labios semiabiertos que no pueden mencionar palabras reprimidas de almas malditas. Cabello desordenado. Vestidos manchados por los cuales comienza a subir el moho. Caritas blancas, pálidas y frías de colores grises oscurecidos, ennegrecidos y enmohecidos. Pies descalzos y sucios.
Muerte… pero no pasa al otro lado.
Esta mañana amanece blanco y frío… frío, frío, frío. Mucho frío. Al respirar el aire, este penetra en tus pulmones y parece congelar el aliento, llenándote de dolor el pecho y cubriendo tu cara con vaho helado. Mucho frío. Los vellos de tu nuca se erizan hasta el punto de llegar a doler. Frío y más frío. Las mejillas y la piel expuesta se tiñen de rosa. Frío… se podría congelar una lengüeta de fuego…
Fantasmales y evanescentes nieblas cubren con sus brumas cada rincón del bosque, sumergiéndolo en un mundo de tinieblas del que se es imposible salir. Las cortinas de seda son apartadas por suaves rayos de luz ambarina de una mañana blanca que se empezaba a convertir en dorada.
– ¿a donde vamos? – pregunto el niño con un bostezo, su boca de labios rosados hizo una perfecta o… tiene piernas regordetas de rodillas sonrosadas y en carne viva, se callo y se levanto, pero no sangro, poco falta para que el color rosa de su piel se amoratara; sus mejillas se encuentran tocadas de rojo y rubor por culpa del frío al igual que su nariz pequeña y respingona; rizos rubios de oro y rayos de sol se escapan por los laterales de su gorro de pescador. – Tengo mucho sueño, mi mamá va a preocuparse si no me encuentra en cama… ¿a donde vamos?
Ella no respondió. La niña camina delante del pequeño. Es mayor, dos o tres años de diferencia. Es mas alta, casi una cabeza. Su piel es pálida, blanca, lechosa. Parece que esta tocada por rayos de plata de la solitaria y mística luna, esa a cual los coyotes le aúllan para aliviar sus penas. Pálida, gris, sin rubor. Parece que el frío no la toca. Su pelo, es largo y rizado, peinado en crinejas de color azabache que simplemente parece afinar su rostro, acorazonado con rasgos aun de un bebé. No tiene más de diez años. Lleva en sus manos una caja de plata. Esta vestida de negro, para un funeral como al que iba este día.
– Estar aquí me da mucho miedo – continua el niño – mamá dice que no hay que venir al bosque de las muñecas… ¿a donde vamos? – volvió a preguntar.
Y por primera vez desde que salieron de aquella gran casona, la niña pronuncia sus primeras palabras:
– ¡cállate! No hay que perturbar a las muñecas. A ellas le gusta el silencio – su voz es más calmada y seria de lo que seria para un niño normal, pues ella no es nada normal. Con voz pasiva y baja, que no pasaba de un susurro, hablo: – mi muñeca ha fallecido…
– ¿como puede fallecer tu muñeca? – le pregunto con curiosidad, interrumpiéndola.
– Está muerta – respondió sin dejar de caminar ni mirar atrás. Su voz seguía pasiva, neutra – le hablo y no responde. Le pido que juegue conmigo y no se mueve. Murió…
– ¿estas tratando de asustarme, cierto? – la niña no responde. La voz del niño está casi al borde del llanto. Lleva en sus manos una pala pequeña pero de metal. Al cabo de un rato su voz infantil y aguda, con el mismo tono de calma se escucha decir:
– Mamá dice que todas las muñecas muertas hay que enterrarlas en este lugar… y así obtendrán descanso.
– Si vamos a enterrar a tu muñeca ¿Donde está? – fue en ese entonces que se dio cuenta de que ella solo lleva en sus manos una caja plateada con tallados de mariposas, la muñeca no estaba en ningún lugar.
– ¡Los muertos solo duermen en ataúdes! – se volteo, de repente furibunda, la ira surge de sus ojos que parecen ser rojos en esa tonalidad de la mañana. El niño hiperventila. Suelta la pala que cae sumergiéndose en un mar de hojas y ramillas secas. Fue en ese entonces, que se da cuenta de que la caja que lleva en sus manos, no es una caja normal, es un ataúd.
La niña vuelve a caminar calmada, como si nada hubiera pasado, y es que nada pasó.
El pequeño oscila en tomar la pala y continuar su camino siguiendo a la niña de blanco y negro, quien parece un espectro en ese irreal bosque. Él lleva sus ojos azules hacia sus botas, las cuales parecen hundirse en la tierra por culpa de la saturación de hojas y suciedad. Una serpiente, una víbora, una alimaña… puede ser todo eso en un solo ser, serpenteo arrastrándose entre sus pies, sonando el cascabel que entonaba la canción de muerte de muchos otros seres, las ultimas sonatas y melodías que escuchan antes de morir, antes de la muerte inminente. ¿Por que las serpientes se arrastran? ¿Quien las condeno a vivir sobre su vientre y a comer tierra?
Toma la pala y huye, detrás de la niña, esperando poder alcanzarla.
Ninguno de los dos habla. Hasta que su voz vuelve a irrumpir en la paz del bosque adormilado:
– ¿Como sabremos cuando hemos llegado? – pregunto curioso, otra vez su ritmo se había vuelto el mismo.
– Escucharas sus lamentos… oirás sus quejas y sabrás que ellas están fuera del cementerio. Veras a las que quieren entrar y que no pueden porque son muñecas olvidadas.
– Pero yo no quiero ver nada – dijo con miedo, él siempre había sido un miedoso. La niña no hablo. Escucho a su alrededor, curioso e intrigado por saber si quizás podría escuchar algo, pero los sonidos que penetran en sus oídos son sonidos comunes del bosque aterrador. Cigarras, grillos, uno que otro búho que se ha confundido en la noche, pájaros, ranas y… y pasos. Pasos cercanos, pasos que se aproximan, pasos pesados que rompen ramas y crujen… Crujen. Crujen. Crujen. Tardo un minuto en ver que sus pasos eran los que crujían y siguen crujiendo al romper una alfombra natural y desordenar un mosaico. Vuelve a hablar – ¿cual de tus muñecas se ha muerto?
Cuando ella responde, es solo una palabra, simple y sencilla, tanto que parece que no mueve los labios y su lengua no hace ni la menor fuerza para soltarla:
– Li…
– Lo siento – responde él un minuto después – querías mucho a Li. Era tu muñeca favorita.
– Porque la amo… es por eso que la llevo al cementerio. Tengo diez años. Muy pronto seré una adolescente… – responde ella, sin verlo, pero su silencio aparente, algo poco común en alguien que no tolera cerrar la boca un minuto, le llama la atención de sobre manera, por lo que lo mira de reojo, para afirmar lo que ya tenia en su mente: él no la ha entendido – Si crezco y la olvido ella no podrá ingresar, se quedara vagando por el mundo y me odiara. Sera solo un cuerpo vació esperando ser llenado por un alma maldita…
– Ah… – susurra.
Ya no hablan. El ambiente se vuelve mas frío, algo que parecía imposible. Su nariz y sus dedos estaban a punto de congelación, pensaba que quizás moriría de hipotermia. Entonces la mira, pálida y bonita, diferente a él sin tener las mejillas, nariz y dedos sonrosados.
– Estamos llegando… – anuncio su voz melada, por única vez es ella la que rompe el silencio…
– ¿Como lo sabes? – pregunto.
– Puedo oírlas… las veo.
El niño mira a su alrededor. No hay nada. No se escucha nada. Solo ramas de árbol semidesnudas por culpa de un frío invierno que se aproxima cada vez más y sonidos… de los sonidos solo siguen siendo los mismos, los naturales del bosque, y los de una sola respiración acompañado solo por sus latidos.
– Yo no veo nada – comento con lentitud.
– No trates de ver con tus ojos, ni de oír con tus oídos – mira su espalda mientras avanza, sin camino por un camino creado por su mente misma. No podía entender nada de lo que dice, solo tiene ocho años de edad y ya cree que nunca entendería a las niñas – eso no te servirá.
Son raras.
– ¿entonces con que escucho y con que veo?
Ella se encogió de hombros.
– Has como yo… ve sin ver, escucha sin oír… – siguió su consejo, cerro sus ojos y no se concentro en oír.
Entonces ellas aparecieron, adueñándose de todo lo que se extiende ante su vista. Cadavéricas muñecas sin sonrisas, porque no tienen bocas; muñecas que te miran sin ojos, cuencas vacías y sumergidas en la negrura de una eterna oscuridad; piel plástica gris y que a pesar de no tener vida parecen en descomposición, con la negrura del moho que pinta sus mejillas antes ruborizadas; bocas cerradas, labios pegados e inexistencia de lengua para pronunciar palabras convirtiéndolas solo en gemidos aterradores. Ropa rota sin color y llena de suciedad, llena de olvido. Están por todos lados, colgando de las ramas esqueléticas de los arboles como manos que emergen del mismísimo inframundo. Esas ramas atravesaban su estomago, su pecho, salen por sus ojos, por su boca de aquellas que tienen; sangre intangible se extiende y brota de las heridas. Los ojos torcidos de aquellas a las que aun no se le han caído, te buscan con la mirada, siguiendo tus pasos. Otras con bocas rotas, que consecuentemente fueron cosidas con hilo negro que simula torcidas sonrisas y grandes muecas desdibujadas en rostros infantiles y sufridos, sonrisas monstruosas que se extienden de oreja a oreja. Manos empuñadas que buscan aferrarse a la vida, una vida que nos les pertenece y que nunca será suya. Ángeles caídos y rechazados por un mundo que ya no las necesita.
De alguna u otra manera, se las arreglaron para mencionar con voz rota y ronca el nombre de aquellos que han allanado su santuario… el niño abrió los ojos, que parecen tan rojos como su rostro. Comenzó a hiperventilar aún más de lo que lo había hecho antes. Tapo sus oídos para no escuchar los gemidos de aquellas condenadas.
– Yo no quiero ver nada – chillo – dan mucho miedo.
– ¡Cállate! las perturbas – susurro con voz apacible.
– ¿Por que dicen mi nombre?
– No dicen tu nombre, no pueden decir nada, no tienen lenguas.
Entonces escucho una vez mas, los gemidos aumentan pero no hay palabras, solo lamentos atrapados en gargantas cerradas. Lo que escucha que dice su nombre, no son las muñecas, es el viento que roza las ramas desnudas de los arboles…
– Se escucha como la iglesia en domingo…
Miro otra vez mas, con ojos abiertos. Cada uno de los arboles atrapan muñecas desfiguradas y envejecidas entre sus ramas, sus figuras y apariencias descuidadas anuncian a gritos el abandono en que están.
– Puedo verlas – dijo con un susurro inaudible…
– Has ingresado en su mundo… no es fácil salir – la paz de la voz de la niña parecía casi irreal…
Cerró los ojos, pero al abrirlos ellas seguían ahí, por lo que decide mirar la espalda de la niña que avanzaba frente a él, pero desgraciadamente ella también parece demasiado irreal en las brumas fantasmales del ambiente.
La figura de ella se hace cada vez más pequeña frente a sus ojos, pues se ha detenido sin darse cuenta, y ahora parece encontrarse solo entre un mar de hojas y ramillas secas, acompañadas por nieblas que le sumergen las piernas hasta la mitad…
– ¡Espérame! – grito fuertemente y empezó a correr. Ella parece no escucharle – ¡Espérame!
Miles de pasos pequeños y ligeros como plumas se escuchan aproximándose, las ramas se desquebrajaban debajo de pies pequeñitos… no quiere mirar atrás, por los acelerados latidos de su corazón y por ese escalofrió que sube por su vertebra congelado todo a su paso y haciendo que temblara de un miedo abrazador, pero recorre su mirada por el suelo y no puede evitar ver las piernas pequeñas que lo siguen.
– ¡Espérame! – volvió a gritar, pero no lo escucho. Cayo al suelo, y entonces los demonios que se apoderan de los cuerpos vacíos de las muñecas llegan a su lado, arañándolo y halándolo, hacen que se hunda en ese mar, que cada vez parece mas hondo se lo traga… arrancan su piel y se siente en carne viva, rojo crudo de carne despellejada. – ¡Ayúdame! – grito, miro al frente en un intento por localizar a la niña, pero ella no esta cerca. La sangre corre por su cara y hace una extraña mezcla de hojas y barro al caer al suelo. El dolor es tanto que casi ya no lo siente, pero este se extiende por su cuerpo y pica, arde con cada perforar de dientes pequeños pero acolmillados. Se dio cuenta de que las muñecas se lo están comiendo vivo. Pero ya no son muñecas, son demonios que nacen en el infierno. Miro la cara de una, su sonrisa de hilo negro esta despegada y deja ver una baba sangrienta entre sus dientes de colmillos, sus ojos brillaban rojos y lo veían, llevo su mirada de zafiro a sus manitas pequeñas, que estaban pintadas de barro rojizo de su sangre derramada, pensó que era lo ultimo que iba a ver, cuando sus ojos se cierran…
– ¡Levántate! – Grito la niña a su lado – No tenemos todo el día.
Sus ojos azulados volvieron a la vida para mirar los oscuros orbes de ella. Toco su cara que no esta desfigurada, sigue teniendo piel tersa y lisa, sus manos estaban al rojo vivo cubiertas por espinas, su cuerpo tragado por hojas esta completo. No hay muñecas en los arboles, no hay demonios caníbales que lo devoran.
Todo fue producto de su imaginación.
Pero la niña de negro sigue ahí, la pesadilla no ha terminado.
Ella puso la caja en el suelo y con poco cuidado le retiro las espinas de sus manitas regordetas. Él la miro con recelo, la niña oscura y pálida que apenas conocía.
– ¿Por que me ayudas? – pregunto.
– Eres mi hermano menor… tengo que hacerlo.
– No eres mi hermana – mascullo, pero ella lo miro con ceño fruncido – Mi madre no es tu madre. ¿Como puedes ser mi hermana?
– Mi papá es tu papá. Eso nos hace hermanos – ella se puso de pie, abrazando a su pecho esa pequeña caja. El niño, sin embargo, se quedo sentado en la almohada natural de desechos del bosque – ¿vienes o que?
Se levanto y la siguió en silencio.
Minutos después, ella se detuvo y hablo:
– Llegamos.
El niño miro a su alrededor, es solo una parte del bosque igual a las demás y a pesar de todo de alguna extraña manera esta parte se veía mas oscura.
– Yo no veo nada – dijo otra vez, pero esta vez no estaba seguro de querer ver de nuevo.
– Es aquí – su vista se perdía en la lejanía, su voz es tragada por el correr de un riachuelo – siento sus almas – señalo el suelo – cava – le ordeno.
El niño hizo lo que le dijo, cavando un hoyo lo suficientemente grande para la caja de plata. Con cuidado, si, oh si, con sumo cuidado, la niña deposito la caja de plata en el hoyo, esta cabe perfectamente
– Que todos tus pecados sean perdonados y que tu alma sea aceptada en el lugar de descanso – recito, sus ojos parecen querer derramar lagrimas falsas.
– ¿estas segura de que el cementerio es aquí? – pregunto él, con suma inocencia en sus ojos azulados.
– Mira mas lejos – le señalo. Él pudo notar las cientos y cientos de tumbas que surgen entre las ramas y la tierra, aquellas que eran ocultadas por culpa de las hojas secas.
Cubren el ataúd de tierna fértil, ramas secas y hojas rotas…
– Descansa en paz, Li – susurro el pequeño. En ese entonces, el bosque se vuelve mas oscuro, el viento mas frío y el aire mas fétido, con olor a sangre y putrefacción. Los sonidos del bosque ya no eran mas, ahora había cosas más como susurros y lamentos…
– ¡Hay que irnos! – Dijo con preocupación y alteración en la voz, algo inusual en la niña – ¡Vámonos ahora!
Miro las ramas y hojas que cubren la tumba de Li, empiezan a moverse y entonces… su cuerpo pálido y desfigurado surge de la tierra, dejando ver sus cuencas vacías que parecen llenas de gusanos que se los comían. Corre con todas sus fuerzas, corre porque sabe que ella lo perseguirá, corre porque no quiere que las muñecas vuelvan a tratar de comérselo vivo, corre y sin embargo su hermana se ha desvanecido completamente, corre y grita su nombre pero ella no responde, corre dándose cuenta de que ella no es real, no era real… corre con un solo pensamiento en la mente: el cementerio de las muñecas es un lugar maldito.

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Este cuento se encuentra tambien en Falsaria, pueden buscarlo y votar para que llegue a portada xD
Sin nada mas que agregar, como dice mi cortesia y educacion, muy respetuosamente me despido.
Tarah.